Thursday, November 8, 2018

No sabía que ibas a volver


      No sabía que ibas a volver, no lo anticipé. Durante meses soñé que volvías a verme, pero por la mañana al despertarme, ya no estabas. Todavía soñolienta sentía pena y añoranza, durante los sueños solías estar enferma, o yo, de alguna manera, aunque parecieses viva, sabía que te ibas a ir para siempre.
      ¿Volver a casa? No, mama, ya no se puede volver a casa, ninguno de nosotros vive en aquel piso diminuto que compartimos los cinco, ni siquiera sé si todavía existe. Si nos vieras ahora, sentirías tal tristeza y es que casi   ya no queda familia sin vosotros dos.
       No te esperaba pero has venido hoy y te has puesto a barrer el comedor de una casa con suelos de piedra, las vigas del techo están decoradas con papel picado colorido. Hablas conmigo, me detallas los ingredientes que hay que poner en la cazuela, yo te pregunto por las cantidades y tú me dices lo de siempre, que yo misma, que ya veré, a ojo. Hay grandes ollas al fuego, como para mucha gente; la mesa del comedor está puesta con platos y copas vacías, en el centro has colocado una gran hogaza de pan.
      Me dices que papá va a llegar tarde, que le calentaremos la comida cuando llegue, yo sé que papá no va a poder venir y no lo va a hacer porque lleva muchos años muerto. Trato de decírtelo pero las palabras se transforman en risas infantiles que suenan del otro lado de la ventana, miro  a través de los cristales para ver a los niños que ríen y juegan, busco pero no los veo. “No es aquí, es en otra casa” dices negando con la cabeza.
“Mama, ¿echo ahora el caldo?”, sin dejar de arreglar la mesa, asientes. Entonces yo he de contarte una cosa, antes de que me preguntes tú, tengo  que decirte que él no va a venir, que nos hemos separado que no vendrá más, que ya no estamos casados. Abro la boca para decírtelo pero no se oye lo que articulo, nadie lo oye. Tú sólo me miras y sigues infatigable con tus cosas.
     Allí llega el abuelo con un tiesto de yerbabuena entre las manos, las hojas se agitan por una brisa que ha traído consigo al entrar, las ventanas están cerrada, el papel troquelado que decora el techo apenas se mueve, aunque las hojas van cambiando de color como si cada una de ellas los contuviera todos.
“Hija-dice el abuelo Evaristo- hay que recortar la yerbabuena o se te echará a perder”
“Lo sé –digo- ya lo haré”
“Dame un vasito de vino y te las recorto yo, hace tanto que no cuido las plantas que ya estarán todas muertas”.
Y lo veo al otro lado de la ventana bebiéndose el vino que ya tiene en la mano, mira algo a lo lejos, me saluda con la otra mano vacía.
     Ya no barres, atiendes a la gente sentada a la mesa, a muchos de ellos no los conozco, pero ellos se conocen entre sí y charlan animadamente, no logro oír de qué hablan. Te acercas a mí, llevas una de sus batas, las que usaba para estar por casa y limpiar, pero esta que llevas hoy es muy colorida, de colores brillantes y llamativos y llevas una flor en el pelo.
“A ti no te gusta llevar colores tan vivos, mama”. Me sonríes y me acaricias la cara, noto tu mano caliente y fuerte, el contacto es tan intenso que tardaré días en dejarlo de sentir en mi rostro. Nadie tiene esas manos, nadie podrá calentarme las mías como lo hacías tú.
     Y, efectivamente, como has predicho, Papá llega tarde. Me mira a través de las gafas y sonríe feliz al verme. No me puede abrazar, lo sé, el contacto ha de ser breve, así que me acaricia el pelo y me llama por el nombre que sólo él utiliza. Mira a los demás, saluda con un gesto y se sienta delante de mí.
“¿En México? – pregunta con curiosidad, la abuela Claudina se encoge de hombros.
“Paco”- dice mi madre. Entonces los dos me miran y siento de repente como si me mandasen de una vez todo el amor que no han podido darme durante todos estos años de ausencia.
“Este año has podido venido tú” dice Papá.