Va a huir
de la cena navideña. Ha ido a refugiarse
al servicio, por suerte, lo encuentra vacío, está frío pero también silencioso.
Se apoya en la pila de lavarse las manos pero no le gusta la cara descompuesta
que ve reflejada en el espejo, por eso se da la vuelta y se queda mirando
fijamente la pared. Lleva la llave del coche en el bolsillo del pantalón, me
voy de aquí, no soporto al tipo de enfrente ni el perfume dulzón de la de al
lado, ¿quién es? ¿la novia de alguien? ¿quién se trae a la novia a la cena del
trabajo?
Si
pudiese detener los recuerdos de las otras navidades que la asaltan a cada
minuto: la primera cabalgata de su hija, la mirada del pequeño al ver por
primera vez el árbol de Navidad iluminado. Cuando estaban juntos, los cuatro. Todos
ellos acuden en tropel a lo largo del día y no la dejan respirar. Las
conversaciones no la distraen, no puede escapar de esa sensación de desamor y
desencuentro que tras la separación, se ha ido instalando en el centro del
pecho ,vive ahí, no se va nunca. Lo rutinario del trabajo, los perfumes
empalagosos, los recuerdos intensos, el amor que fue diluyéndose en el día a
día hasta desparecer; todo ello forma una maraña que, a ratos, la hace tropezar al andar.
¿Cómo
salgo yo de aquí? Bajo el secamanos empieza a ver una brecha, primero le parece
que la pared está solo desconchada, pero ve caer la pintura a trocitos y un
hueco se va abriendo lentamente dejando salir un humo polvoriento que huele a
limpio.
Al
ver la rendija se aproxima, se arrodilla delante y espera que la abertura siga
creciendo. Acerca dos dedos y toca el humo polvoriento que sale, el roce de su
mano acelera el ensanchamiento de la grieta, entonces, introduce los dedos que
atraviesan el hueco sin hallar resistencia y, seguidamente, el brazo. Allí
dentro nota una brisa entre los dedos y una sucesión confusa de olores que le
llega evocan su pasado: años de
juventud, libertad y descubrimiento. Duda antes de introducir la
cabeza pero está claro que el otro lado la está llamando y la va a sacar de la
cena navideña.
Una vez
ha cruzado todo el cuerpo, se encuentra en un pasillo largo y oscuro, es el de su
piso de soltera. Camina hacia el baño donde hay luz, en el comedor parpadean
las luces de colores que siempre han decorado sus navidades. Allí, frente al
espejo, con el pelo muy corto, se ve a sí misma levantando la vista. Las miradas se
encuentran en el reflejo, su yo joven se gira y las dos se abrazan.