No sabía que ibas a volver, no lo
anticipé. Durante meses soñé que volvías a verme, pero por la mañana al
despertarme, ya no estabas. Todavía soñolienta sentía pena y añoranza, durante
los sueños solías estar enferma, o yo, de alguna manera, aunque parecieses
viva, sabía que te ibas a ir para siempre.
¿Volver a casa? No, mama, ya no se puede
volver a casa, ninguno de nosotros vive en aquel piso diminuto que compartimos
los cinco, ni siquiera sé si todavía existe. Si nos vieras ahora, sentirías tal
tristeza y es que casi ya no queda familia sin vosotros dos.
No te esperaba pero has venido hoy y te
has puesto a barrer el comedor de una casa con suelos de piedra, las vigas del
techo están decoradas con papel picado colorido. Hablas conmigo, me detallas
los ingredientes que hay que poner en la cazuela, yo te pregunto por las
cantidades y tú me dices lo de siempre, que yo misma, que ya veré, a ojo. Hay
grandes ollas al fuego, como para mucha gente; la mesa del comedor está puesta
con platos y copas vacías, en el centro has colocado una gran hogaza de pan.
Me dices que papá va a llegar tarde, que
le calentaremos la comida cuando llegue, yo sé que papá no va a poder venir y
no lo va a hacer porque lleva muchos años muerto. Trato de decírtelo pero las
palabras se transforman en risas infantiles que suenan del otro lado de la
ventana, miro a través de los cristales para
ver a los niños que ríen y juegan, busco pero no los veo. “No es aquí, es en
otra casa” dices negando con la cabeza.
“Mama,
¿echo ahora el caldo?”, sin dejar de arreglar la mesa, asientes. Entonces yo he
de contarte una cosa, antes de que me preguntes tú, tengo que decirte que él no va a venir, que nos
hemos separado que no vendrá más, que ya no estamos casados. Abro la boca para
decírtelo pero no se oye lo que articulo, nadie lo oye. Tú sólo me miras y
sigues infatigable con tus cosas.
Allí llega el abuelo con un tiesto de yerbabuena entre las manos, las
hojas se agitan por una brisa que ha traído consigo al entrar, las ventanas
están cerrada, el papel troquelado que decora el techo apenas se mueve, aunque
las hojas van cambiando de color como si cada una de ellas los contuviera
todos.
“Hija-dice el abuelo Evaristo- hay
que recortar la yerbabuena o se te echará a perder”
“Lo sé –digo- ya lo haré”
“Dame un vasito de vino y te las
recorto yo, hace tanto que no cuido las plantas que ya estarán todas muertas”.
Y lo veo al otro lado de la ventana
bebiéndose el vino que ya tiene en la mano, mira algo a lo lejos, me saluda con
la otra mano vacía.
Ya
no barres, atiendes a la gente sentada a la mesa, a muchos de ellos no los
conozco, pero ellos se conocen entre sí y charlan animadamente, no logro oír de
qué hablan. Te acercas a mí, llevas una de sus batas, las que usaba para estar
por casa y limpiar, pero esta que llevas hoy es muy colorida, de colores brillantes
y llamativos y llevas una flor en el pelo.
“A ti no te gusta llevar colores
tan vivos, mama”. Me sonríes y me acaricias la cara, noto tu mano caliente y
fuerte, el contacto es tan intenso que tardaré días en dejarlo de sentir en mi
rostro. Nadie tiene esas manos, nadie podrá calentarme las mías como lo hacías
tú.
Y,
efectivamente, como has predicho, Papá llega tarde. Me mira a través de las
gafas y sonríe feliz al verme. No me puede abrazar, lo sé, el contacto ha de
ser breve, así que me acaricia el pelo y me llama por el nombre que sólo él
utiliza. Mira a los demás, saluda con un gesto y se sienta delante de mí.
“¿En México? – pregunta con curiosidad,
la abuela Claudina se encoge de hombros.
“Paco”- dice mi madre. Entonces los
dos me miran y siento de repente como si me mandasen de una vez todo el amor
que no han podido darme durante todos estos años de ausencia.
“Este año has podido venido tú”
dice Papá.
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